Sin embargo, cuando
cerre los ojos, percibi los sonidos de la tarde estival destacándose uno a uno
como si quisieran llamar mi atención.
El suave susurro de la brisa agitó los
helechos mientras un automóvil que subía por la colina desde Las Torres, cambiaba de marcha al acentuarse la cuesta de la calle. A lo lejos se oía
el sonido de las máquinas segadoras, semejante al zumbido de las abejas.
Abrí los ojos y conté en la distancia tres segadoras tan minúsculas como los modelos
de juguete que Mauricio empujaba de acá para allá sobre la alfombra del cuarto
de los niños.
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